(Amaneciendo no paré de reírme en la cama: mi madre estaba enfrente trayéndome un vaso de café con leche como tantas veces hizo en aquellos años de aprendizaje y adolescencia; tras asustarme, no cesamos de reírnos ambos)
Llamarse Dolores para alguien que está sano pareciera una contradicción… Pero los nombres los hacen y portan las personas… Y mi madre se llamaba Dolores…
Dolores, Doña Lola como la llamaban en el pueblo, siempre ha sido un nombre muy hermoso para mí y mi gente, más allá de otras grandes Dolores que a lo largo de mi tiempo ya son parte fundamental de mi vida sentimental…
Recuerdo que siempre se estaba riendo de todo lo superfluo y, a veces, hasta de lo trágico, como un aprendizaje de vida inteligente porque el sentido del humor -y que hemos intentado heredar de ella, cosa casi imposible- fue lo que la salvó de tanta tragedia que de manera inesperada llegó a su vida y, de manera también inevitable, llegó a la nuestra, sus hijos… De hecho nunca he podido soportar a la gente que no tiene sentido del humor…
Sí, mi madre tenía un gran sentido del humor: se reía de su propia sombra… Porque el verdadero sentido del humor es saber reírse de uno mismo, nunca de los demás… Antes al contrario, reírse de otros, de los demás, eso que tanto abunda, es una vulgaridad y una ausencia de respeto, de educación y es una grosería propia de mediocres seres humanos…
Estoy convencido que hoy, este jueves ya de final del terrible agosto de incendios e incompetencia que estamos viviendo, Dolores, Doña Lola, mi madre, de seguro que se está riendo a carcajadas, allí adonde esté…
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P.S. Un recuerdo especial para mis Lolas del alma… Ellas saben quiénes son…
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Foto: nuestra madre con parte de sus hijos, yernos, nueras y nietos (faltaban algunos), en La Vegueta, la finca de Tolox que tanto amaba… Ella en el centro, porque siempre fue el centro…
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