Hace unos días, el pasado 10 de octubre (siempre octubre, cuando vine al mundo), hizo 26 años de la muerte de mi madre...
Siempre que llegan estos días de otoño necesito huir unos días del lugar donde habite: he vivido en distintas ciudades y en distintas casas a lo largo de mi vida y siempre necesité huir unos días cuando llegaba el otoño...Pero al regresar de mi última huida me noté tocado de "mi talón de Aquiles", ese aire que me cuesta respirar y que de manera inevitable me produce tos; un aire insuficiente que me hace falta como el llamar a mi madre y pedirle algún remedio casero que me alivie, más allá de la química de mis boticarios: hermano, primos, sobrinos...
Lo he contado en otras ocasiones, mi madre -Doña Lola, como la llamaban en el pueblo- se llamaba Dolores. El pasado 10 de octubre, como he dicho, hizo 26 años de su muerte. Pertenecía a aquella generación de españoles que, aun habiendo tenido la suerte de nacer en una familia más o menos acomodada y cuando la educaban para ser una persona libre, feliz, y gozar de la vida, sufrió, como todos, las consecuencias de aquella terrible guerra que tanto daño hizo a más de cuatro generaciones, y que aún hoy seguimos sufriendo todos su derrota colectiva... Una vida que mi madre dedicó por entero a sus hijos, para que nunca más volviera el espanto…
Pero a pesar de tanto horror y de otras tragedias familiares, mi madre, Doña Lola, tenía un enorme sentido del humor y se reía de su sombra, quizás como la única respuesta y esperanza ante tanta desdicha y que, por fortuna, hemos heredado sus hijos...
Sí, mi madre formó parte de aquella generación que siendo adolescente y joven vivió la guerra, la incivil, la que no entendía porqué se mataban entre sí los españoles; aquella guerra en nuestra memoria colectiva y que muchos quieren enterrar quizá sin saber que siempre se puede repetir el pasado que se olvida... Una generación que sobrevivió con coraje a aquella locura de la guerra y que tuvo que vivir también una siniestra posguerra -quizás peor aún que la guerra- llena de miedos y silencios; una generación que tendrá siempre mi afecto y mi consideración, y que, como dijo Luis Landero en su delicioso “El balcón en invierno”, fue ‘una generación, casi dos, que vieron truncados sus proyectos de vida en plena juventud, que trabajaron como mulas y lo sacrificaron todo para que sus hijos corrieran mejor suerte que ellos y cuya obra, no sé si humilde o grande, es esa, el bienestar de los suyos: esa fue la causa por la que lucharon, y esa su recompensa’…
Nieta, hija, esposa, madre, tía y abuela de boticarios, mi madre enviudó pronto después de años de rupturas y tuvo el coraje de aquellas mujeres de las que nos hablaba Luis Landero para sacar a sus hijos adelante tras enviudar muy joven; y para más tragedia, el Viernes de Dolores de 1977, Modesto, el mayor de sus hijos varones, no regresó de Granada, donde era profesor de su universidad; como Lorca, al que tanto buscaba, allí quedó su final: nunca más mi madre fue la misma; nosotros, el resto de sus hijos, tampoco...
Mi madre se llamaba Dolores... Como esos dolores que cada vez siento al toser y que me llevan a recordarla con la tristeza de saber que no podré llamarla para que me diga qué tomo para aliviar la tos, más allá de la química ad hoc de mi familia de boticarios...
Por fin, ya hoy mucho mejor, pero nunca el olvido, madre; y sólo decirte que para el próximo lunes de seguro estaré ya recuperado y me renovarán las vacunas...
Foto: mis padres recién terminada la guerra...



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