Yo amaba, amé y amo en mi memoria aquella casa; la de la fuente de la rana, también de cerámicas sevillanas; la de los bancos de madera sobre el herraje a cada lado de los mandarinos; la de las enormes palmeras que en su altura se divisaban casi desde todo el entorno urbano; la de los aguacates -que por entonces no nos gustaban- cerca de la cancela debajo de la azotea y que daba al barrio, desde donde asomaba cierta miseria que tanto nos ocultaban en aquellos años de silencios y derrotas colectivas...
Y siempre, al atardecer, la casa se llenaba de flores recogidas de entre los arriates que circundaban aquel jardín de nuestras vidas... Y "la dama de noche", y los jazmines, inundaban todos los espacios de la casa con olores irrepetibles cuando la hora de los crepúsculos...
Sí, yo amaba, amé y amo aquella casa que viene a mi memoria en este nuevo sábado septembrino tan agotado de verano y de espanto tan cercano...

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