Como me dijo un día Pessoa en el Chiado de Lisboa, soy un “espectador irónico de mí mismo; pero nunca, sin embargo, me he desanimado de asistir a la vida”…
Siempre leo a Pessoa en el regreso de algún viaje —por pequeño o cercano que sea… Y siempre viene en mi rescate con este mi estado entre el desapego y la conformidad de vivir en este loco mundo…
Es verdad que no he conocido otro mundo, pero siempre —y desde muy temprano— quise otro mundo… Por suerte también supe demasiado pronto que la conquista de la felicidad plena es una quimera inventada por los hombres para sobrevivirse y soportarse…
No, no somos ni seremos felices, salvo por momentos y siempre que renunciemos a no intentar poseer lo que nunca tendremos, ni desear lo que nunca seremos…
Esa ha sido mi filosofía de vida… Y junto a aquella filosofía de vida me he relativizado ante los otros: jamás he olvidado que la desigualdad social del mundo todo es inaceptable y, por tanto, necesitada de cambio con voluntad y esfuerzos… Y, sobre todo, no olvidando nunca que venir a esto que llaman mundo es un hecho fortuito tanto de lugar como de bienestar o no de la familia que te trae, y en un lugar que no podemos elegir…
Quizás por eso nunca entendí lo de las patrias, las fronteras, el odio al diferente, las banderas, esas cosas del temor eterno del animal hombre frente a su igual, y siempre a través de una ambición de poder desmedida que termina en guerras o en tragedias colectivas desde hace milenios…
Decía Ibsen, el afamado dramaturgo noruego, que “la belleza es un acuerdo entre el contenido y la forma”… Tras unos días viendo el mar, viviendo cerca de un mar eterno, sí, ciertamente el mundo es bello; pero lo sería más si cuidase sus formas, como decía Ibsen, esas formas de comprendernos todos más y respetar al otro, sobre todo al más diferente… Para entonces, sí, el mundo sería aquel paraíso nunca perdido porque aún no ha llegado a existir…

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios