He vuelto a ver el Concierto de Año Nuevo desde Viena... Como en las buenas películas, volver a verlo me ha permitido descubrir matices que pasan desapercibidos; miradas cómplices, momentos mágicos, planos irrepetibles en belleza, en sosiego, en plenitud de sentidos a flor de piel...
Maravilloso concierto el de este año, dirigiendo la Filarmónica de Viena desde la hermosa Sala Dorada de la Sociedad Musical, el Musikverein, de Viena, el maestro canadiense Yannick Nézet-Séguin... Prodigioso final cuando el Director se mezcla con el público dirigiendo su participación con las palmas "ad hoc" desde el patio de butacas...
Una belleza irrepetible; como emocionante el discurso por la paz en el mundo entre hombres y mujeres -y entre las naciones, precisamente cuando las incertidumbres regresan a la vieja Europa que olvida y olvida sin cesar hasta cuando ya sin remedio...
Y como todos los años, al terminar el Concierto de Año Nuevo leo a Zweig en su "El mundo de ayer, las memorias de un europeo". Un europeo que nunca pensó que llegaría la tragedia que asoló a toda Europa -y a medio mundo-, y que le obligó a huir y refugiarse en América latina hasta el suicidio; junto a su esposa, en Brasil...
Y leo:
"...En ninguna otra ciudad europea el afán de cultura fue tan apasionado como en Viena (...), desde aquí iluminó al mundo la constelación de los siete astros inmortales de la música: Gluck, Haydn y Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms y Johann Strauss, aquí confluyeron todas las corrientes de la cultura europea; en la corte, entre la nobleza y entre el pueblo, lo alemán se unía con alianzas de sangre con lo eslavo, lo húngaro, lo español, lo italiano, lo francés y lo flamenco (...) y el ciudadano, inconscientemente, era educado en un plano supranacional, cosmopolita, para convertirse en ciudadano del mundo (...) ¡Ah, todos amábamos nuestra época, que nos llevaba sobre sus alas, todos amábamos, a Europa! Pero esa fe ingenua en la razón, de la que esperábamos que evitaría la locura en el último momento, fue a la vez nuestra única culpa (...) Puesto que intento ser tan sincero como puedo, tengo que confesar que en 1933 y todavía en 1934 nadie creía que fuera posible una centésima, ni una milésima parte de lo que sobrevendría al cabo de pocas semanas..."
Stefan ZWEIG (El mundo de ayer / Memorias de un europeo. Acantilado. Traducción de J. Fontcuberta y A. Orzeszek. Barna 2005)
No hay día que no me pregunte cómo casi un siglo después aquella Europa de Zweig vuelve a las andadas y cómo, con la misma ingenuidad de aquellos europeos de entonces, creemos que no pasará nada y que no se repetirá la historia, precisamente cuando la historia nunca ha dejado de repetirse y en Europa corren de nuevo tiempos oscuros con "camisas pardas"...


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