Hoy, en el primer amanecer —tardío para mí (he dormido poco y mal)— recordé cómo éramos; cuando entonces, cuando tu mirada bastaba para la mía… Sí, mi ceguera eran tus ojos, inseguros como un frío mientras las tardes venían aceleradas y los amaneceres se apetecían lentos: sólo buscaba los abrazos que no nos dimos…
Miro el cielo y caigo en un profundo agujero… El aire envuelve la luz de amarillo agotador en calores y poco a poco se irá ensombreciendo la tarde…
Para entonces sólo seré un puñado de tristezas agotadas…
Ya me lo dijo una vez Séneca: “todas las cosas nos son ajenas; sólo el tiempo es nuestro”…
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